YO SOY DIOS QUE HA VENIDO….

YO SOY DIOS QUE HE VENIDO A LA TIERRA
PARA HACER DE ESTA TIERRA UN CIELO…

YO SOY EL AMOR…

YO SOY LA VIDA…

Así dice esa aria, de una opera famosa,
en la escena más sensible
de la película: PHILADELPHIA.

Ser vida para alguien, 
de alguna manera, de alguna forma,
significa ser ese mismo alguien…

Significa conocer esa alma desde dentro.
Significa ser como un dios para ese alguien.
Significa ser un alma para esa alma.

Alguna vez, en algún momento, 
a uno le es permitido participar
en el hecho divino de dar vida a alguien.
Crear vida en el alma de alguien.

Y en ese momento,
uno siente que algo inmenso,
que algo creador,
que algo vivificador,
que algo esperanzador,
se apodera del mundo,
y te eleva a la altura de los cielos infinitos
de sublime predicamento.

Alguna vez, uno consigue unificar la propia alma
con las memorias de los dioses
para crear vida en las almas de las gentes.

Y en esos momentos se funden cielos y tierras,
en esos momentos, es cuando sucede
lo que la letra de la opera explica: 
cielo y tierra fundidos en una misma realidad…
Dioses de los cielos, almas de la tierra,
Fundidos, ambos, en una única y misma realidad…
Dioses del cielo almas de la tierra,
fundidos ambos en una real vida llena de amor…

Llenas las almas de dios
y llenos los dioses
de las esencias de las almas de los humanos,
capaces de entender ellos,
las sabidurías celestiales, aquí en la tierra…

germà lluch